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La rica “austeridad”
Que el Presidente de la República deje de viajar en primera clase para demostrar que está completamente comprometido con el discurso de la austeridad es tan “efectivamente ahorrativo” como seguir manteniendo ese “estratégico” 40% de empresas públicas que Fujimori no se atrevió a privatizar.
Tal es la mentira y el lastre de quienes torpemente entienden que la repercusión de lo anecdótico vale más que cualquier auténtica reforma. He ahí la ceguera de los que no comprenden que no es posible ninguna austeridad en el gasto público si es que a la vez se sigue manteniendo el Estado paquidérmico que la dictadura militar de los años setenta nos legó.
No se ha aprendido la lección. Si se quiere que los capitales fluyan y entren a tallar ahí donde sólo abunda la nada o la corrupción, entonces que la política y los políticos se aparten. Al Perú le urge inversión, la misma que sólo sabrá venir de los privados. Son ellos los que la crean, no el Estado. Este sólo sabe dilapidar lo que los demás producen. Le es imposible parir riqueza alguna.
En pocas palabras, desde los predios estatales toda mención de austeridad deviene en el equivalente de esos inflados billetes de inti millón que durante el primer periodo de García abundaban por obra y gracia de las rotativas del BCR. O si se quiere, es igual al “ahorro” que los altos mandos militares hacen al comprar autos de lujo; así, por más que el Ministro de Defensa suspenda esa compra tal gasto no dejará de hacerse, y ello porque está en el pliego del sector. ¿Se entiende? ¿Está claro?
El Estado sólo está para devorar capital, no para engendrarlo. En ese sentido, ninguna alquimia puede reemplazar a la dinámica del mercado. Si Alan realmente anhela que no se despilfarre el dinero público entonces que proceda a desempolvar aquella inconclusa privatización que el oportunismo de los noventa paralizó con desprestigio incluido.
Que empresas como Petro-Perú y Sedapal (entre tantas otras) sigan en pie, y que el paternalismo gubernamental prosiga comprando toneladas de papa y de algodón (siempre entre “tantas otras”) es clara muestra de una enfermiza vocación por el status quo que sólo sabe perpetuar el atraso y la miseria. Así es imposible salir a adelante y apostar al desarrollo.
Como aleccionaba Juan Bautista Alberdi hace siglo y medio: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”. Eso es lo que necesitamos. Que el Estado se aparte de la producción y de la economía lo más posible. De otra manera siempre jugará a ser aquella inagotable cornucopia, el perfecto emblema del irresponsable derroche.
04/11/2006
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