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DE LA ECONOMÍA A LA CATALÁCTICA
En la ciencia jurídica es frecuente el hacerse la diferencia entre lo que es un abogado y un jurista. Con la mención del primero estamos comprendiendo, a secas, a quien por un pago defiende y aboga por su cliente. Trabaja para él. Le dedica su sapiencia y capacidades a cambio de una contraprestación. Por su parte, en lo que atañe a la figura del jurista, este tipo de relaciones no vienen al caso. En este ser no sólo se podrá encontrar al abogado, o en general, al que está dispuesto, en virtud a una retribución dineraria, a brindar sus servicios legales a determinada persona o institución, sino que aquí tenemos a alguien que asume su condición de experto no para provecho de un interés particular, sino que se coloca en un plano superlativo, donde lo que habrá que invocar serán los principios que su ciencia, en este caso la ciencia jurídica, busca preservar.
Como vemos, el jurista clama por los axiomas que estatuyen su disciplina desde un horizonte absolutamente fiel a las bases del derecho. No se somete al incentivo que una persona (natural o jurídica, de derecho público o privado) le ofrezca para inclinar sus decisiones. Si se comportase así no hay duda que ya no estaríamos ante un jurista sino ante un simple abogado. Ambos son necesarios. La sanidad de la convivencia humana requiere de los dos. El problema se suscita cuando se mezclan los oficios. Pero bueno, al menos la jurisprudencia cuenta con dos términos fácilmente definibles y que establecen sus propias fronteras, cosa que en la economía no existe.
Así es, cuando indicamos que en la economía no se da esa diferencia entendemos que en ella no se presentan las expresiones que nos pudieran indicar que el entendido en estos menesteres puede perfectamente servir directamente las apetencias de específico sujeto a cambio de un pago o en caso contrario, hacer como el jurista, y servir a su ciencia antes que al parcial, el que indica cuándo sí y cuándo no una concreta acción vulnera la constitucionalidad de su rama. Esto es fundamental. Esta especie de dicotomías no tienen por qué aparecer como traumáticas. Es cuestión de pura honestidad establecer los linderos que separan una ejercicio netamente a pedido de quien nos contrata como el de tener conciencia de que se está dando un reporte a partir de lo que las leyes de la economía indican. Como en el caso del abogado y del jurista, ambos utilizan las herramientas del derecho, pero uno lo hace para beneficio de un particular a la vez que el otro lo hace en honor de su ciencia. Igual acontece en la economía. Aquí habrá quienes procedan según su preferencia, y no por ello quien opte le menos principista tenga que sentirse menos. Es parte del reino de la división del trabajo. Pero aquí el inconveniente se presenta por una cuestión conceptual. De aquí parte el porqué en la economía no se tenga una divisoria que le permita diferenciar ente la teoría y la praxis.
Quizá el problema de este defecto se halle en el nomen. Uno de los discípulos de Sócrates, Jenofonte, pensador y guerrero, redactó una obra que es capital para comprender el inconveniente que nos embarga. Su título es el siguiente: Economía o gobierno doméstico. Nos habla este ilustre ateniense de un arte que le permite al hombre llevar a buen puerto el manejo de su hacienda. No estamos ente un tratado para la administración de un país, de una provincia, ni siquiera de una aldea, sino de la regencia de los bienes del hogar. Esto no tendría por qué llamar la atención si es que tuviéramos en mente lo que literalmente significa economía. Que es lo que escritor ateniense describe: las reglas (nomos) para el gobierno de la casa (oikos). De hecho, este orden de cosas difiere en alto grado de lo que comportan la suma de las economías, que es lo que hace a la sociedad. Entendido así, la denominación no empata con un espectro superlativo. En puridad, no podemos referirnos a la economía de una nación sin caer en imprecisión. Un individuo puede, muy bien, conocer cada uno de los factores que constituyen su heredad, pero por sobre todo, se conoce a sí mismo y a los que conforman su familia. En cambio, ello no acontece de igual modo cuando nos referimos a un espectro compuesto por miles, cientos de miles o millones de personas. Aquí es imposible llevar a cabo el oficio de administrador y distribuidor que se realiza en la economía.
Sin embargo, este vocablo se impuso. Incluso Adam Smith desarrolló sus ideas sobre la causa de las riquezas de las naciones bajo este rótulo. No se empleó un nombre más apropiado. Según Hayek, recién en 1838 el arzobispo Whately recurriría a una nueva y más apropiada expresión: cataláctica. Gracias a este neologismo que tiene su génesis en la voz griega katalattein o katalassein podemos referirnos ahora con propiedad a una ciencia que se dedica a la investigación de los procesos de mercado. Es decir, es un sustantivo que recoge la noción de intercambio desde un espectro vasto e inasible, justo lo que justificaría el marco de diferencia que tiene el derecho.
La insuficiencia que durante centurias hemos padecido nos ha arrojado a un estadio donde el lenguaje se enfrentó con un limitante. Al no encontrarse el membrete idóneo para la ciencia del intercambio y de las economías se tuvo que asumir como válida una denominación que destruía las distancias entre el dogma, que es propio a toda ciencia, y la practicidad que envuelve a un concierto de humanos intereses, donde la disidencia con la verdad sirven para justificar lo injustificable, porque lo inmediato y terrenal así lo exige.
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