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Editorial Fundacional
Diciembre 2000
Ante una perspectiva abiertamente contraria a las exigencias de un orden sujeto al hombre libre, basado en el respeto a los derechos y a la propiedad, surge, desde el seno mismo de la exposición doctrinal, un tratamiento enteramente compatible con las exigencias que la civilidad reclama. Ajenos a cualquier otro interés que no sean los que reclama los principios liberales, salimos a la luz para manifestar nuestra sempiterna discordia frente a las descaradas tropelías contra lo que significa un auténtico imperio de la ley, que constriña al gobierno hacia aquellos parámetros capaces de procurarle a los miembros de la sociedad la mayor esfera de acción sujeta a su propia voluntad, arrumbando cualquier interferencia arbitraria sobre la misma.
Es claro que la sola existencia de un panorama de vida donde las personas se hallen sometidas, en menor o en mayor grado, a los caprichos de quienes se ubican en posición de prescribir mandatos de manera compulsiva, resiente cualquier hálito de sincera autonomía. De esta suerte, no es factible referirse, en este plano, a un esquema de convivencia ciertamente civilizado y moral. Por todo ello, en aras de un país alejado de las ofensas que nos endilgan políticos abusivos, corruptos e irresponsables, es que salimos bajo el compromiso de brindar las mejores disposiciones para con la meta trazada: forjar una nación de seres independientes y no de esclavos.
Así es, el no caer en la tentación de tratar a los humanos como objetos es tarea inédita en nuestra azarosa existencia republicana, por lo mismo, es hora de exigir a aquellos que se colocan detrás de las riendas de la férula el máximo de los cuidados y respetos con lo más caro que existe en la sociedad: sus gentes. De tal modo, exhortamos a nuestros conciudadanos a tener, siempre en alto, la estima para con sus derechos y libertades, ya que sólo a través de tal consagración seremos capaces de procurarnos un país digno y próspero. En facultad de oponerse, con fundamento cierto, a cualquier requerencia malsana de los autócratas de siempre.
Quienes llevamos el sello de ser personas sin más amarras que su filosofía, y que, por ende, no cejamos nunca, porque este lucha es imperecedera, manifestamos que el primer punto de una agenda, por el bien de nuestros pueblos, debe ceñirse al único precepto que habrá de determinar todas las demás pautas de lo pendiente: el de la libertad y nada más. O ella o ella. No hay termino medio ni mucho menos transigencia alguna.
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