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Paul Laurent Solís

 

ACERCA DE LAS IDEAS Y LOS INTELECTUALES


Cierto es que cuando se asumen determinadas ideas entonces resulta inevitable hacerse con sus consecuencias. Bien es que esto se manifiesta como una verdad de perogrullo, pero que hoy, más que nunca, debería hacernos fruncir el ceño. Esto lo digo en virtud a que durante toda la década del noventa hemos estado soportando la sinrazón de los refractarios, de esos seres que se ufanan por carecer de principios porque asumen la practicidad de la existencia bajo un hálito perverso que desprecia cualquier viso de moral frente a lo consumado.

En estos días en que el profesar ciertas nociones políticas causan la desconfianza o repulsión de las mayorías, el arte de asumir y defender una determinada posición ha dejado de ser un "negocio rentable". Tal ha sido la constante de estos émulos del pragmatismo, los mismos que, quizá, nunca se enteren que incluso esa actitud desenfadada y cínica también resulta un artilugio intelectual, y que, por lo tanto, su copla carece de novedosa, todo lo contrario. Es más, la propuesta, en lo que atañe a esta vesánica centuria que fenece, ya ha sido carcomida a través de las descaradas muestras del abusivo y totalmente ilegítimo poder político empleado desde un Estado apabullante de toda manifestación ciertamente independiente.

Al respecto, no cabe duda que la postura de los que temen confesarse seguidores de ciertas ideas lo que buscan es soslayar las explicaciones sobre sus pensamientos, así como dar cuenta de sus acciones, como una forma muy sui géneris de marcar distancia, de eludir razones, ahorrándose el riesgo, siempre latente, de ser víctima de la inevitable disidencia porque se muestran argumentos. Palmario, cuando uno proclama su verdad, en un mundo como el presente, multitudinario y atomizado, habrá de ser un hecho que no se escucharán aplausos puesto que al instante aflorarán los inevitables contrarios. De tal manera, las coincidencias tenderán a escasear, corriéndose el peligro de ser visto como un dogmático, como si tal término estuviese envuelto por una sustancia maligna, perversa, que descalifica o desautoriza a aquél que alegue profesar tal o cual filosofía y que lo torna, a vista del montón, en un vulgar intransigente. Este tipo de catalogaciones afloran con el único afán de desacreditar, lo que a su vez demuestra, sin duda alguna, una actitud intolerante. Ello, debido, a que con tales adjetivos se pretende evitar toda discusión, ya que tales términos, por su oprobiosa atmósfera, han pasado a convertirse en sinónimos de "ser agresivo", "irracional", "subversivo" y demás. Nada más falso. Con ello se le endilga vituperio a aquél que se sujeta a determinados principios.

No todo dogmático busca imponer sus puntos de vista por medio de la fuerza y del terror. Todo dependerá de las ideas que profesa. Si estas se basan en la violencia y el crimen, entonces, su accionar marchará por tales senderos. Pero si el credo se sustenta en los preceptos de la tolerancia, del respeto al prójimo y la paz, sería absurdo entender que quien los asume procederá por medio del horror de los bárbaros, acaso como un huno. Si así lo hiciera, se estaría alejando del sistema que dice defender y profesar.

Aceptar ciertos principios y defenderlos en su integridad, es, sin ninguna duda, una tarea que pocos habrán de estar dispuestos a llevar a cabo. Con seguridad se correr el riesgo de la incomprensión, del abandono, de la soledad. El rechazo de las mayorías y los financistas. La total orfandad. Incluso se puede ganar las espaldas de la intelectualidad misma. Se carecerá de medios donde poder expresarse. Pero quien está persuadido de los axiomas que pregona no temerá a éstas desgracias, es más, hasta de repente le resulten baladí. Por lo mismo, mientras exista un ser consciente y predispuesto a exponer su verdad, nada se ha perdido, todo estará por hacerse.

Nada puede frenar la fuerza de las ideas, es por ello su necesaria pureza. La importancia de su racionalidad y coherencia argumentativa demostrará, en los hechos, su eficacia. El poder de una ideología estriba en guiar a los individuos por los caminos que ella ha trazado, sin miedos ni vacilaciones que retrasen la marcha. En ese sentido la labor del ortodoxo habrá de ser la de todo aquel que cree en sus propias palabras, siendo que a partir de las mismas demostrará su talante, puesto que si asume el cubrirlo todo, explicar lo inexplicable, terminará, tarde o temprano, en el mero fenecer. A ello es ajeno el liberalismo, el que pretende que los hombres elijan y diseñen su propia vida sin imposiciones ni interferencias ajenas. No propone un modelo de sociedad ni de hombres. Aquí cada individuo determina qué es lo que será y a través de ello surgirá un esquema general que nace de manera espontánea, alejado de toda imposición vertical, autoritaria.

Un ácrata sabe, más que cualquier otro, de la importancia y valía que las ideas tienen en el desarrollo de los pueblos. Precisamente el primer principio de su doctrina se refiere a la primacía de estas, ya que son éstas el fundamento, la base de la sociedad.

Por lo dicho, existen doctrinas que se manifiestan como una weltanschauung, es decir, concepciones holísticas, que lo abarcan, o mejor dicho, pretenden abarcarlo todo, en contraposición de filosofías netamente políticas que apuesta por lo que atañe al ser humano como inevitable integrante de un orden donde se suscitan infinitos modos de interacción.

Si las ideas que se profesan abandonan los principios de la lógica y de la razón el fracaso de la acción será inminente. No se puede demandar coherencia y precisión a un ser que se afirma en tesis imprecisas e incoherentes que llevan en su interior insalvables aporías. En la medida en que en el sostén en que se apoyan rechace esas instancias, entonces, los directamente afectados, sabrán a qué atenerse, podrán deducir, sin mucho esfuerzo, hacia donde se conduce. He aquí la importancia del recurrir a la raíz desde donde nace la prédica. La garantía de un proceder congruente que nos hacen predecibles. Desde donde se estará apto para denunciar a aquellos que, por variados intereses, pretendan ofrecer una posición que supuestamente está inmersa en los postulados que dice defender, pero que en verdad sólo es utilizada de manera parcial o deformada para un lóbrego fin, alejado de la fuente que lo justifica.

Sólo un individuo que sepa los fundamentos del ideario que defiende (nadie puede defender con convicción lo que desconoce), es útil a la causa, puesto que a partir de él nadie se atreverá a trocar el mensaje original si es que por allí ronda un intransigente, un dogmático atento a cualquier intento de estafa o fraude. Esta es su importancia, su gran aporte. Más allá de cualquier connotación heroica que pudiera desprenderse, existe, en los hechos, una actitud y comportamiento que pocos estarían dispuestos a llevar a cabo, pero que el fundamentalista no dudaría en realizar.

Quizá el desencanto sufrido por la generalidad de intelectuales respecto de aquellas nociones que en su momento asumieron los ha llevado, en la actualidad, o a defender las tesis hegelianas de Fukuyama o a rechazar de plano toda propuesta que denote una determinada posición ideológica. Tal es el caso de la corriente denominada pragmatismo, el artilugio perorativo de los reluctantes a los principios, el rechazo a las ideas y todo lo que ello acarree. Olvidan, estos seres sin convicción, que no es posible hallarse en el mundo sin juicio alguno que explique los acontecimientos y circunstancias que se suscitan. Como diría un aristotélico, renuncian al politikón para quedarse con el simple y silvestre zoon. Así es, manifestar el rechazo hacia las ideas es aproximarse, en la practica, a la misma animalidad, un imposible, más allá que existan semejantes que manifiesten, en cada proceder, una vocación zoológica, lo que confirma que siempre hay de qué soprenderse.

Si los intelectuales actúan, debido al fracaso de sus postulados, de manera por demás desilusionada, renunciando a ser la rebelión del pensamiento contra la inercia de las mayorías, estarán dejando de lado una labor, en verdad, trascendente, conformándose con engrosar las filas de las masas siempre escépticas y poco dispuestas a marchar por sí solas, alejadas, por su naturaleza, de los postulados racionales, los que son, a fin de cuentas, los que las han apartado de las cavernas.

Un hombre, así como la propia sociedad, huérfano de principios, sin ideología, es la propia esclavitud, el retorno a aquel estadio en el cual los seres actuaban por mero instinto. No hay nada más lamentable que el avergonzarse de sus razonamientos, el negarlos, y rechazar que son la causa de nuestro accionar. Ese ocultarse, ese fingir consciente y constante que nos disminuye y nos coloca a la sombra de los disparates e incongruencias que sólo sabe convertirnos en seres inconfiables, sea ante los demás o ante nosotros mismos. No podemos dudar que un hombre carente de tales bártulos resulta un sujeto en tinieblas, que camina a tientas, que por ello se rebaja. Quien renuncia a tales símbolos abdica a aquella particular capacidad que poseemos para determinar nuestros intereses, del cómo obtenerlos y cuál camino tendremos que seguir para asirlos. Son ellos los que nos hacen diferentes por más que existan anhelos en común, los mismos que sostendrán el edificio de la sociedad.

El miedo a exponer y fundamentar lo que pensamos ha sido, en gran medida, producto final de nefastas propuestas que encerraban, en su interior, la fe en la sangre y la sinrazón. No nos equivoquemos. El dogmático, de por sí, no es malo. Lo negativo se encierra en las ideas o principios que constituyen su verdad. Contra ellos debemos dirigirnos. La victoria será para quien demuestre tener los argumentos más sólidos, lógicos, racionales. La potencia de una creencia de esta índole está en su base conceptual, la defensa y exposición corresponderá a todo aquél que esté dispuesto a hacerla suya, aceptándola en su integridad. De este modo el dogmático se constituye en el ser leal, convencido de lo que dice, dispuesto a conducirse de acuerdo con sus convicciones y nada más. A partir del fracaso de ciertos principios colectivistas ha surgido una peligrosa actitud que bien puede conducirnos al vacío. La desconfianza y el escepticismo que les sugiere toda manifestación doctrinaria les aleja del importante rol que las ideas han desempañado en la historia, la que muestra a pueblos que han logrado su actual nivel de desarrollo y prosperidad gracias a los preceptos a los que se aferran, así como que también otras naciones deben su atraso y miseria a las erradas concepciones. Por ello, cuánta nostalgia y cierta blanca envidia nos provoca saber que hacer más de doscientos años, en el seno de la Convención que daría vida a la aún vigente Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica, se llevaban a cabo debates basados en los principios de Mandeville y Hume versus los postulados de Bolingbroke y Montesquieu, es decir, discusiones que se desarrollaban dentro de un mismo espíritu, espíritu que aún dirige los destinos de esa nación.

 

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