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Paul Laurent Solís

 

LA PAUPERIZACIÓN DE NUESTRO LASTRE

Oigo y leo, cada vez con mayor frecuencia, la letanía de la refundación de la patria. Los estribillos que en cada descalabro nacional afloran desde casi todos los sectores. Como si la última desilusión fuese la razón para arrugar la historia y lanzarla a la basura. Si ello fuese tan sencillo. Olvidan que la cultura de un pueblo no es fácil moldear. Sobre todo cuando quien hará de cirujano tiene no sólo vocación de médico, sino de enfermera, de anestesista, técnico, de todo lo demás que venga a cuento y hasta de paciente, cajera, secretaria y celador. El tropicalismo que envuelve nuestra tradición política es de una magnitud que desborda las teorías más lúcidas con relación a la convivencia civilizada. Y esto no se suscita por cuanto los peruanos seamos inferiores a otros pueblos, sino que ello se da en virtud a que carecemos de algo que esas otras naciones sí tienen, y que son, precisamente, lo que las hace predecibles, justo aquello que nos es ajeno, salvo que hagamos de ello nuestro leitmotiv. Me estoy refiriendo a aquellos mecanismos que hacen que un país logre sacar provecho de la individualidad de sus gentes. De esas estructuras que permitan que los miembros de la sociedad se hallen, por lo menos en líneas generales, a salvo de las desmesuras que desde el Estado se suelen acometer.

En ningún lugar se evita rotundamente la megalomanía y la demagogia de los políticos. Pero sólo en ciertos lugares permitimos que sean ellos los únicos responsables. Cuando ello acontece se reduce la capacidad los demás habitantes para proporcionarse los medios de subsistencia pertinentes porque hasta esa facultad les ha sido abrogada. Es el Caudillo el que juega a prescribirlo todo. Él es el referente del bien y del mal. Su imagen es lo que el conjunto es. Su rostro y figura y nuestro rostro y figura. Expropia hasta el anhelo de ser personas forjadas a propia voluntad.

Estos criterios gregarios y aldeanos son los que han hecho del Perú un país absolutamente exento de vallas institucionales, tanto políticas como culturales, que sirvan de freno a aquellos que quieren salvarnos de la miseria, a la que incluso muchos de ellos, en el pasado, nos han arrojado. Este es nuestro lastre. Esa insuficiente de frenos al poder. La ausencia de andamiajes y discursos que logren, efectivamente, contener cada proceder desde el Estado. Nuestra constante es precisamente lo contrario. El único que se encuentra encorsetado por doquier es el individuo. Se nos ha anulado, desde todos los aspectos, la disposición de emprender, de modo particular, y sin la tutela gubernamental, experiencias completamente privadas, lo que nos ha llevado a una inedia o debilidad que lo único que expresa es que la política impera más allá de lo razonable.

Ahora, bajo esta constitución, debemos agregar un hecho insoslayable. A nuestra endémica desinstitucionalización agreguémosle el imponderable de la pauperización y rebaja en la calidad, ya no material, sino en cuanto a lo que constituyen, hoy en día, nuestros compatriotas como seres humanos. Tenemos ante nuestros ojos a un tipo de seres que han hecho de su baja estofa un sentimiento ufano. Estamos ante sujetos que alardean de su procacidad. Enarbolan sus bajezas y rusticidad con un desenfado que hasta hace pocos años era imposible prever. Ahora, sumémosle a esta acelerada lumpenización nuestras insuficiencias republicanas.

Si antes nos quejábamos de que no precisamente los mejores de nuestros compatriotas apostaban por la actividad pública, hoy no debemos extrañarnos de que la calidad de los que intervienen en política sea por demás escasa. Acarrean el peso de su contumaz indecencia. Para estos el delinquir es concomitante al respirar. No estamos ante el típico criollo que hace de la viveza una filosofía existencial, sino que tenemos en nuestro delante a unos seres sotánicos, sacados de los albañales de la sociedad que no sólo se ha corrompido por el ineluctable paso del tiempo y la propia pobreza, sino por causas demográficas, que sumadas a una tradición incivil de las capas intelectualmente cultivadas que, en planos inferiores, cualquier vestigio de ética elemental y de racionalidad son, por demás, más que ajenas, contundentemente insoportables.

Ante un panorama como este aquellos gritos de instauración de un concierto civilizado apunta como lógico, pero en medio de un carnaval de advenedizos (aquellos técnicos que el fujimontesinismo explotó hasta el hartazgo) y de conocidos bribones se configura en una situación de temer. No es novedad la situación en la nos encontramos. Ya con esta sería nuestra enésima oportunidad. La frustración en nosotros es habitual. Es parte de nuestra esencia. Los acontecimientos que llevaron a la caída del régimen dictatorial son datos frecuentes en la historia nacional. Como si fuese la fiel descripción del presente podemos leer el siguiente pasaje de la Historia de la República del Perú de Basadre: "Después de estas vibrantes jornadas en las que hubo un claro interés colectivo y de las apoteósicas manifestaciones que suscitó la sorprendente victoria de la opinión pública, una vez más, el pueblo abandona el primer plano." Ello en 1834, cuando el derrocamiento de Gamarra... que dicho sea de paso, poco después, volvió a acopar la presidencia... Ojalá que la historia no se repita. Es un deseo... Aunque quizá volvamos a tropezar. Tenemos todo predispuesto para que ello acaezca. No tienen por qué ser las cosas diferentes, si es que las causas de la primacía de la política por sobre las vidas de las gentes se mantienen incólumes.

Como en la misa cita indica el gran historiador sanmarquino: "Se da, como muchas otras veces en el Perú, el contraste ente la epilepsia y la parálisis." Empero en este presente, hay que agregarle un elemento inédito y transtocador: unas multitudes, antes marginales en todos los aspectos, hoy protagonistas en virtud a su apabullante montón en una enfermiza oficialidad que con un democratismo enfermizo y mañoso las acoge infaustamente bajo la compulsión del voto. Así es, este gentío henchido de vulgaridad e inmediatez es el que decide quién reina no sólo sobre su indecencia, sino que también decide quién habrá de reestructurar nuestra poca compostura. En pocas palabras, estamos ante la evidente pauperización de lo que ya teníamos como un oprobioso lastre. Cuánto habremos de pasar para comprender que la libertad es el mejor antídoto contra estos venenos.

 

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