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Paul Laurent Solís

 

OTANES EL PERSA

Tal vez sea uno de los primeros políticos republicanos. Su actitud para con el respeto de las humanas autonomías fue, ya en su tiempo, un don que lo hizo acreedor a una noble fama, más allá de su investidura principesca, y que por gracia de la pluma del gran Herodoto de Halicarnaso -en sus Nueve libros de Historia - podemos saber de su presencia en medio de una atmósfera no precisamente propicia para el respeto a los hombres. El magno historiador nos presenta la figura de un ser que vivió dentro del más preclaro despotismo oriental. Esa instancia en la que el ser individuo era igual a no ser nada. Estamos en el siglo VI antes de nuestra era. Más de dos mil quinientos años a tras de este actual período en el que aún son pocos los políticos que tienen a la libertad como un factor sacro y supremo.

Aquél era un sujeto moldeado por el recuerdo una tragedia. Su padre, llamado Sisamnes, alto magistrado de la corte del cruel y fratricida Cambises, fue degollado y desollado en castigo por haber pronunciado una sentencia producto de la corrupción. Es decir, vendió su verdad de juez regio a cambio de una monedas. En despiadado alarde de fiero corrector, el desequilibrado rey persa ordenó que cortasen la piel del victimado en tiras y que con ello se forrasen su asiento, es decir, que la silla desde donde el fenecido impartía justicia fuese cubierta con sus propios pliegues. Y ese escaño fue dado a su hijo Otanes, quien ocupó el lugar de su ascendiente por mandato por del autócrata que lo asesinó, el mismo que le encargó, al momento de hacerse cargo de su suprema labor, que cada vez que diese un fallo recordase en dónde sentado estaba ejerciendo su función. Quizá este malhadado acontecimiento fue el que definió el carácter liberal de nuestro biografiado. No tengo dudas de que este nefasto hecho fue el determinante para que tuviera una relación adversa hacia el poder. No quiso ser como su padre ni como su rey. Disintió de ambos. Por ello fue que cuando tuvo la ocasión de alzarse con la corona persa optó por dejarle esa carga a otros príncipe, diciendo en esa ocasión: "Conjurados, está visto que uno de nosotros ha de ser rey, ya lo obtenga por suerte, ya lo elija la multitud de los persas a cuyo arbitrio lo dejemos, ya por cualquier otro medio. Yo no competiré con vosotros porque ni quiero mandar ni ser mandado. Cedo mi derecho al reino a condición de no estar yo ni mis descendientes a perpetuidad a las órdenes de ninguno de vosotros."

Que tanta falta nos hace desprendidos de este porte. El que asumió la corona sería Ciro, que habría de ser llamado el Grande, luego que el hijo declarase que a su parecer no era pertinente que un solo hombre sea erija como soberano, pues ni es agradable ni provechoso. Al respecto, precisaba: "Vosotros sabéis a qué extremo llegó la insolencia de Cambieses, y también os ha cabido la insolencia del mago. ¿Cómo podría ser cosa bien concertada la monarquía, a la que le está permitido hacer lo que quiere sin rendir cuentas? En verdad, el mejor hombre, investido de este poder, saldría de sus ideas acostumbradas. Nace en él la insolencia, a causa de los bienes de que goza, y la envidia es innata desde un principio en el hombre. Teniendo estos dos vicios tiene toda maldad. Saciado de todo, comete muchos crímenes, ya por insolencia, ya por envidia. Y aunque un tirano no debía ser envidioso, ya que posee todos los bienes, con todo, suele observar un proceder contrario para con sus súbditos: envidia a los hombres de mérito mientras duran y viven, se complace con los ciudadanos más ruines y es el más dispuesto para acoger calumnias. Y lo más absurdo de todo: si eres parco en admirarle se ofende de que no se le adule. Voy ahora a decir lo más grave: trastorna las leyes de nuestros padres, fuerza a las mujeres y mata sin formar juicio; en cambio, el gobierno del pueblo ante todo tiene el nombre más hermoso de todos, isonomía [igualdad ante la ley]; en segundo lugar, no hace nada de lo que hace el monarca: desempeña las magistraturas por sorteo, rinde cuentas de su autoridad, somete al público todas las deliberaciones. Es, pues, mi opinión que abandonemos la monarquía y elevemos al pueblo al poder porque en el mundo está todo."

Eh aquí a ese añejo pero nunca primitivo republicano. Este Otanes fue el que expuso que sólo nos es posible llegar a un estadio donde se establezca una efectiva isonomía bajo el presupuesto de la igualdad de todos desde la formalidad de lo debido y de lo indebido, el derecho, lo único capaz de basarse en el principio que determinan lo justo. Donde no hay diferenciaciones ni estamentos ajenos a lo que la generalidad padece. Nada de privilegios. La Ley es para todos por igual o para nadie. Si se quiebra este esquema entonces no hay igualdad jurídica, la única real y relevante. De hecho, palabras como estas, pronunciadas en una lapso arcaico, en toda la extensión de la palabra, debieron de propiciar un interesante discurrir de propuestas y de contrapuestas. Allí estuvo un tal Megabizo que entre alabanzas y precisiones demistificaba cualquier democratismo populista y demagógico, como una salvedad anti Rousseau antes que este escandalizara a la razón y a la inteligencia. No por nada un recopilador de hechos pasados como Herodoto captó los discursos y lecciones de este varón. No por nada existencias de esta índole son las que hacen que la Humanidad vaya encontrando los utensilios pertinentes que consagrar lo civil frente a lo bárbaro.

 

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