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¿Existe la Justicia?*
Deberíamos dejar de seguir pensando que la Justicia existe. Ya a estas alturas de la vida tenemos que aceptar que lo único que realmente interesa son nuestros derechos. Son estos los que en verdad han jugado un papel por demás civilizador, no la Justicia. Esta sólo nos ha obsequiado sufrimientos y culpas difíciles de curar. No en vano Thomas Carlyle la catalogaba como un fenómeno, un enigma; un problema irresoluble para sus mismos adoradores.
A pesar de ello, lo que siempre ha primado ha sido la metafísica fascinación por lo fantástico e inconmensurable. Sin lugar a dudas, ese encanto por lo órfico no es más que la muy humana propensión de evadir nuestra material existencia. La manía de quejarse a los cuatro vientos por la “ofensiva” realidad que nos ha tocado vivir es parte del repertorio de plañideras que los mortales nos regalamos desde nuestra condición de eternos inconformes. Es por tal inventiva que no se le brinda a las libertades el mismo nivel de afecto, salvo que se las asuman bajo los rigores de una iustitia que previamente las haya deformado (léase, “derechos sociales”).
Esto es paradójico, pues las libertades son puntuales y concretas en sus aspiraciones. Precisamente de unas virtudes que la Justicia no se puede ufanar, y ello porque sus miras van más allá de lo vidente. La moralidad es más sentida que juzgada, advertía Hume en su Treatise of Human Nature. En ese orden de cosas, el discurso suele ser más propio de vosotros, los humanos; la intuición, de nosotros los celestiales (John Milton, Paradise Lost). La llana materialidad versus lo prodigioso. El éxito (y hegemonía) que la evocación de la Justicia tiene sobre los derechos brota de este directo rezago de nuestros ancestrales miedos: el pánico a valernos por sí mismos.
Huele a escatológica Teología. Como cuando invocamos a Dios ante cada momento límite. La Justicia responde al mismo criterio. Aunque ya en planos menos extremos, pero siempre suplicantes y ansiosos en milagrerías. Si la fe en el Creador nos invita a juzgar como posible todo atisbo de vida más allá de la muerte, entonces por qué habremos de renunciar a tan fascinante imperium en nuestra muy homínida terrenalidad. Podemos ir preparando nuestras almas para ese magno día. Ese es el discurso-arenga de San Agustín. La Ciudad de Dios que invocaba era eso. Igualmente la apetencia de un Kant, un Hegel, un Marx o un Rawls. Aquí es donde la libresca modernidad denuncia sus taras y anacronías. Como es obvio, el esperar el arribo de ese instante de vita æterna (luego de un muy necesario Juicio Final) insoslayablemente acarrea una gama de sacrificios y desprendimientos.
Desde entonces lo que no existe comienza existir por exigencia de los que quieren que exista. Ciertamente carece de presencia, mas todo lo que vive y respira padece de su asfixiante peso y rigor. Lo primero que impone es que se deje de pensar desde el “trastornante” yo. Hay que suspender los respectivos egos para darle paso a una instancia que sólo es asible desde lo mágico e inexplicable. Ya en el acto se nos pedirá que desarmemos nuestros derechos y propiedades, pues se sucumbe al universo de las débiles y oscuras metáforas. Un tipo de “escape” de la realidad que se erigirá en el cimiento de la Justicia. Por su venia, hacer referencia a libertades sólo será válido (justo) si es que las mismas se circunscriben a estas “huidas” o “renuncias”. Se opta por someterse a la Quimera antes que a lo dado y palpable. La vida no es vida por sí misma, sino porque se adscribe a la Idea.
Toda la Antigüedad se rigió desde este canon. En ella hacer referencia o ensalzamiento a lo privatum era un acto por demás bajo y vil. Bastaba con mencionar tal término para provocar una instintiva repulsa. No había por qué extrañarse, ya que lo comunal lo absorbía todo. En consecuencia, cada amague individualista y comercial era tenido de la peor manera. Exactamente lo que hoy en día se tiene como lo constitucional en ese tempo era lo adventicio o accidental. Un exabrupto, para ser más gráficos. En cambio con la Modernidad todo esto se invierte. Y no era para menos. Los soportes gregarios habían sido desbordados por la explosión demográfica y su concomitante división del trabajo. Ya en su hora el Medioevo supo de lo imposible que era contener este humanísimo torrente. Así es, todo ese período histórico no fue más que una férrea pero inútil resistencia a aceptar el influjo y reflujo de lo privatum.
Tal es como irrumpe una noción de Derecho y de Libertad que rescata al hombre como ser único y singular, como individuum. Se va dejando de lado la preferencia por lo colectivo. Lo individual (o singularis) va asomando por primera vez desde los días de la Roma republicana. Occidente vuelve a toparse con un Derecho que la degeneración de los emperadores y el centralizador monoteísmo supo enterrar del todo por más de mil años. De esta suerte es como nos vamos alejando de una pretensión tan “elevada” que nos ofendía por su inutilidad. Ahora nos aproximábamos hacia unos bártulos menos ambiciosos pero propiamente más terrestres, donde ya únicamente se reclaman palmarias autonomías, nunca querubínicas ilusiones.
A diferencia del hombre de la Antigüedad, el hombre que aflora con la Modernidad tiene en su pathos una vocación por lo tangible que en principio lo aparta de toda Quimera. La que se repliega, pero no muere. ¿He aquí la razón de ser de esa doble careta del modernus? Como se lamenta el mismísimo Zeus en la Odisea: ¡Oh, dioses! ¡De qué modo culpan los mortales a los númenes! Dicen que las cosas malas les vienen de nosotros, y son ellos quienes las atraen con sus locuras, infortunios no decretados por el destino.
Los romanos nos enseñaron que el respecto a derechos era la mejor manera de poder convivir sana y pacíficamente. Ello debió de habernos bastado. Mas ese afán por sortear los humanos infortunios siempre nos arroja hacia “soluciones” como las del Deus ex manchina (o divinidad sacada con máquina, a la fuerza), que en lugar de servir como remedio y solución, nos lanzan a las más que dañosas incoherencias. Así es como mutilamos nuestras libertades y nos llenamos de vergüenza por decir esto es mío, precisamente ese grado de sinceridad que nos hace más humanos y racionales. Quizá menos platónicamente “justos”, pero más auténticos. Y ello porque en el reino de lo plenamente legal la justicia nos atañe como personas que portamos derechos, no como mendicantes de piedad.
* Publicado originalmente en la revista Libertario, Nº 2, Marzo-Abril, Lima, 2005.
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