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Paul Laurent Solís

¿Nazi-onalismo etnoliberal?

A estas alturas de nuestra historia deberíamos estar curados del hipo. Años y años del libre ejercicio de la peruanidad debería ser la mejor vacuna contra las sorpresas de todo calibre. Empero, ello no es así. ¿Acaso ya solo nos queda ponernos a buen recaudo y esquivar los tortazos de los de aquí y los de allá? Si se puede en buena hora, pero mientras que a unos nos provoca entrar para embarrar a los embarrables, a otros (que son muchos) se les da por tirarse al piso para pasearle los dedos (y las garras) a las cremosas sobras.

Eso es lo que se vio en las vísperas de la pasada Navidad. Por esos días se corrió la voz que el balbuceante coronel (r) Ollanta Humala Tasso (dizque el más digerible de los hijos de don Isaac) andaba buscando candidatos con perfil “de mercado” y “modernidad” a flor de piel. En pocas palabras, que el fascistoide Ollanta (¿nuestro Jean-Marie Le Pen?) requería liberales en el acto. Y en el acto se presentó todo un batallón de la especie peruvianis liberalis, léase, la versión criolla (bufa) de los principios del laissez-faire y del estado de derecho.

Es obvio que no fue necesario convencer a nadie ni explicarles el por qué de las cosas. Así es, parece que nadie se hizo el inocente cuestionamiento: ¿Ollanta es liberal?

Forrest Gump sí lo hubiera hecho. Claro, al buen Forrest no le hubiese preocupado que todos vuelvan la mirada hacia él, pues está acostumbrado. En cambio algunos ex militantes del Movimiento Libertad (ahora insertos en el esquelético Partido Liberal) y demás gentita desesperada ¿por el país? tienen la piel curtida por los años a la espera del ansiado cargo público, y la gente ansiosa y curtida no pregunta, actúa. Mismo cachaco, sin dudas ni murmuraciones.

¿Se van a sacrificar cobrando como congresistas? ¿Creación heroica? No, qué va, pura pendejada. Y pensar que algún “iluminado” promotor de liberales cristianos (“sólo los cristianos pueden ser liberales” dicen) sugirió entregar “certificados de pureza ideológica”; seguro que la certificación racial vendría después, si es que a Humala se le antoja mirarlos. Una posibilidad cada vez más remota, para emoción del anacrónico Javier Diez Canseco. Precisamente lo que hace que Ollanta abandone su inicial mudez por una retórica abiertamente anticapitalista.

Si hasta hace unas semanas Ollanta casi no hablaba, esquivaba las definiciones y le decía sí a todo el mundo, no sólo al petro-boliviariano Chávez, sino también a ¿ingenuos? periodistas y a ¿crédulos? empresarios nacionales, hoy la situación ha dado un giro total. Su cuasi locuacidad ha dejado mal parados a aquellos que torpemente juzgaron como “rescatable” a que aquél que siempre enarboló las banderas del estatismo velasquista (Chávez tiene a Velasco como ejemplo), del controlismo (el rollo del “interés social” y de “lo estratégico”), de los altos impuestos (el viejo cuento que paguen más los que más tienen), de la fobia a lo extranjero (especialmente al chileno), del racismo (indígena claro, si es que aún quedan indios puros) y del militarismo (de un país al que le abundan las derrotas).

No hay dudas de que Le Pen la hubiese hecho linda con tipos como estos, seres sin ningún tipo de visión ni de criterio. Apabullante mezcla de miopía y necedad, justo desde donde debemos medir nuestro fracaso como república. No le podemos exigir respeto a nadie cuando somos nosotros mismos los que nos rebajamos buscando el besamanos a un “don nadie”. Y eso el empresariado lo sabes desde siempre, y ciertos dueños y directores de medios de comunicación también. Así es, si los hombres de prensa como Tafur y connotados empresarios de la CONFIEP (denuncia de Samuel Gleiser) estuvieron dispuestos a decirnos que Humala no es ningún cuco, que es más, que hasta muy bien puede asumir el credo y las posturas de un Hernando de Soto, entonces no hemos aprendido nada, absolutamente nada.

No hay nada que hacer, como canta el vals: nos estamos quedando solos vieja. ¿Cómo se traga eso de liberalismo mezclado con nacionalismo bolivariano y etnocacerismo? Bolívar, el que nos mutilo por el norte (Guayaquil) y por el sur (el Alto Perú); y Cáceres, el indiscutible héroe de La Breña pero igualmente indiscutible corrupto autócrata que hizo del crimen (fusilaba de verdad) y de la diplomacia dorada un modus vivendi: pasó casi interrumpidamente 15 años en Europa como ministro plenipotenciario. Y a ambos les importaba un bledo la legalidad.

¿Eso es lo que se apetece? La angurria que estos ¿etnoliberales? demostraron al emocionarse y ofrecerse para estar en la lista del émulo de Hugo Chávez y de Evo Morales los pinta de cuerpo entero. Inevitablemente, cada vez me convenzo más que fue una fortuna que Vargas Llosa no haya ganado en 1990. Si lo hubiese hecho sus “incondicionales” hubiesen hecho el negocio de su vida. Incluso el mismo Tafur, en su afán de inflar algún castrense amigo de infancia, como en esos días de diciembre, nos hubiese “convencido” que el liberalismo es compatible con el control de precios, las expropiaciones, la anulación de los contratos, el control de la prensa, los fusilamientos, la segregación racial y el militarismo.

De esta suerte, si en la Francia del 2002 las opciones fueron civilización o barbarie, cuáles habrán de ser las que optemos en nuestro tercermundista 2006. Chirac no era la maravilla, simplemente no era un retrógrado como Le Pen. Y a esto último estamos apostando. En teoría aquí cualquiera, desde Lourdes hasta el electoralmente inexistente Borea (y los demás inexistentes, salvo los impresentables de Patria Roja), pasando por el propio García y Paniagua, pudieran sernos mejor opción a lo que Humala puede ofrecer. Empero cuando García humaliza su discurso en aras de atraer votos a como dé lugar, ya las cosas cambian; una vez más la teoría es desbordada por la realidad que los irresponsables como García nos dibujan. ¡Y así osa proclamar a los cuatro vientos que ha cambiando!

Con todo, decir que los antes nombrados son mejores que Humala no es ninguna predilección por el status quo, sino que en el acto se advierte que hasta el más inepto de los demócratas es siempre mejor a un fascista (nazi-onalista). Y ello porque en el juego de la democracia siempre hay remedios y soluciones, mientras que en las autocracias a lo Chávez (que es a lo Castro) todo el país se convierte en un gran cuartel, y en los cuarteles las opiniones no valen, pues nadie es dueño de nada.

Sé muy bien que a mucha gente le encantaría pasar el resto de sus días vistiendo el uniforme, comiendo del rancho y pasando las noches en una litera. Acepto que somos un país con vocación castrense, pero tengo todo el derecho a expresar que ello no es digno de quienes apetecen la libertad y el progreso. En las naciones civilizadas no debería haber lugar para ningún tipo de delirios, mucho menos los que provienen de una hueste de cachacos indigenistas. Así pues, o cerramos filas contra este demagogo antisistema o simplemente las escasas virtudes del raído sistema que todavía nos ampara desaparecerán.

Si hasta hoy la crítica al gobierno de turno era un deporte nacional, una vez que Humala (los Humala para ser más exactos) alcance el poder la práctica de ese deporte nos será vedada. No permitamos que el fascismo revolucionario (los nacional-socialistas) nos prive de nuestras más elementales libertades. Ya es suficiente castigo el habernos condenado a la pobreza y al atraso, no lo agreguemos a ello la esclavitud por mera estupidez, por enfermiza figuración, por carencia de lucidez. Innegablemente, los Humala serían el colmo de nuestra penosa tradición republicana.

 

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