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¿Ha muerto la izquierda?
Las ideas no mueren tan fácilmente: Aquí los únicos mortales somos los hombres. Así pues, no se crea que el descalabro electoral de la atomizada izquierda marxista fue su sentencia de muerte. Pueden haber sido ninguneados y flagelados por esas mayorías que dicen representar y que ni los miran, pero ahí están, no han sido mandados a la tumba ni por asomo. Además, ya han desaparecido muchas veces, ¿pero morir? No, eso no, sino veamos la vitalidad de su credo.
Para empezar, es “gracias” a la hegemonía del discurso zurdo que millones de peruanos nos vemos obligados a ir a las urnas. Ello no es un mero detalle, sino parte del programa de quienes asumen (como en la arcana antigüedad) que todos somos políticos, y que, por tanto, debemos participar compulsivamente de los asuntos públicos. Obviamente, escandalosa neo-esclavitud que nos suspende como personas libres porque se juzga que para conservar nuestras “libertades” se nos debe forzar a elegir.
Toda un criollada tercermundista. Si a los suizos los obligaran a votar también sabrían de algún outsider helvético (Fujimori, Toledo, ¿ Humala?). Sin tapujos, la rousseauniana ocurrencia de quines ansían febrilmente hacernos ciudadanos a coscorrones. ¿La letra con sangre entra? Yo no quiero ser ciudadano, sólo un hombre con libertades. ¿Eso es mucho pedir? Si, mucho, muchísimo. Eso es lo que volví a sentir cuando me encontré frente al padrón electoral. Ante mis ojos todo el viejo debate entre el Mercado (autonomía del yo) y la Política (represión del yo) se esfuma, y ello porque entre nosotros todo es política. Es decir, todo es Estado.
Ni un solo candidato presidencial ni ninguna sola lista parlamentaria estuvo exenta de propuestas izquierdistas. Desde el maoísmo de Patria Roja (hoy conchudamente llamada Nueva Izquierda), pasando por el nazi-onalismo de los Humala y el populismo izquierda-centro-derecha del APRA hasta el mercantilismo de Unidad Nacional, no hay quien no lleve inoculado en sus venas sendos párrafos, sino el libro entero, del Manifiesto Comunista.
Nadie habla fehacientemente del libre comercio dentro de nuestras fronteras (mirar a fuera siempre nos marea) ni de respeto a la propiedad privada, sino que todo se centra a cuánto es lo que el Estado debe intervenir. No se entienden las cosas de otra manera. Si alguien por ahí osa lanzar un discurso abiertamente opuesto al asistencialismo y a la “justicia social” (el caballo de Troya del socialismo) en el acto se tomará como un gran relajo o un total desvarío.
Como se ve, lo políticamente correcto lo ha puesto la izquierda. Una izquierda que vive, come y respira al margen de las tragedias y millones de pobres que ha sabido parir. Contundente, ella no es historia, es presente. Exactamente aquello de lo que la derecha no puede ufanarse. Una derecha que nunca tuvo al laissez-faire como bandera porque siempre le estorbó la ley y el derecho. Despectivamente, en su ideario ello era asunto de burgueses y de tenderos, pero lamentablemente nadie quiso hacer de burgueses ni de tenderos.
Así es, salvo aisladas expresiones de algún bruto y engorilado de última hora, la derecha peruana no existe. Ella fue liquidada con total eficacia en los años veinte y treintas por el populismo de ¿derechas?; sí, de derechas, créanme, no es ninguna paradoja. Ello es lo que fueron Billinghurts, Leguía y Sánchez Cerro. Y ya por estas décadas no podemos olvidar a un Fernando Belaunde exigiendo reforma agraria o al diario El Comercio clamando por la nacionalización del petróleo. ¡Memoria señores, memoria!
Innegablemente, la agenda política ha sido puesta por la izquierda desde hace más de cuatro décadas. Los campeones del odio contra los monopolios tienen el ¡monopólico! control del debate público. Sino echemos un vistazo en cada frase y palabra de Lourdes Flores durante su campaña. Y después nos quejamos que el Perú no es país confiable para las inversiones. ¿Cómo lo va a ser si hasta la supuestamente llamada a defender la libre empresa juzga que un capitalista en libertad es todo un peligro?
Con panoramas como este poco importa que personajes como Javier Diez Canseco, Alberto Moreno, Ulises Humala y la propia Susana Villarán (la única con una propuesta de izquierda propiamente moderna y democrática) hayan fracasado estrepitosamente en las justas del último 9 de abril. Como buenos mortales que son, sus rostros son efímeros, mas no el núcleo de sus propuestas. Ellas quedan intactas, tanto así que las catastróficas evidencias empíricas que el ideario socialista ha sabido producir se van directamente al desagüe cuando estamos inmersos dentro de un status quo espiritualmente predispuesto.
Cierto, la vitalidad de la izquierda trasciende la humana corporalidad de sus hoy casi impresentables líderes. Empero, sus ideas siguen imperando. Están ahí. Dominan. Monopolizan. No por algo José Carlos Mariátegui es nuestro Thomas Jefferson, y eso lo estamos pagando. La bufa procesión de un cadáver que está más que vivo y saludable que cualquiera de nosotros.
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