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Paul Laurent Solís

 

TODO IGUAL:
PROSIGUIRÁ LA POLÍTICA SOBRE LOS HOMBRES

Como recitaba el clérigo Larriva, cuando los buenos tiempos de Bolívar pasaron a ser lerdos, pesados e insoportables, aquí, aunque en olor de primavera, también podemos decir que hemos sólo hemos trocado a Don Fernando por Don Simón. El imperio de unos cuantos por sobre la nación. El capricho y veleidad -en este caso ya no la japonesa, sino ahora la andina- de los que se hallan encaramados en el poder. Todo sigue idéntico... Claro, el talante y la predisposición personal del gobernante es radicalmente opuesta, mas lo institucional, el poder en sí, como elemento ofensivo e hiriente, se encuentra intacto. Es el mismo que el del dictador, como este a su vez calco y copia de todos los demás que le antecedieron. Así es, sólo los rostros son nuevos, pero todo lo importante está intacto.

Aquí no se gobierna para beneficio de la sociedad y sus miembros en general, sino para dicha de la cofradía de mal aventajados llamada Estado. Ello es innegable, Toledo como Fujimori y todos los otros que ocuparon Palacio no son más que la careta de un nefando axioma que se esfuerza, día a día, por hacernos creer que los intereses del Estado son los del Perú. Nada más falso. Los peruanos no tenemos por qué acarrear los delirios de los autócratas de turno. Nosotros no vivimos para ellos, ni mucho menos ellos para nosotros, pero la constante ha sido que seamos los miembros de la sociedad quienes terminemos pagando las facturas de los yerros y rapiñas, haciéndonos creer que sin ellos no somos nada y que por ende sin ellos no podemos vivir.

Ese afán por birlarnos el juicio y la cartera no tiene límites. Los peruanos hemos sido condenados a costear, sea como sea, a un ente que jamás logró causarnos bienestar alguno; todo lo contrario, el Estado sólo ha servido para que unos expolien tanto las riquezas dispersas en la sociedad como al hombre y a la mujer en su calidad de ser individual. Cada vez que un connacional aspira a volar por sí mismo y emprender su propia ruta la burocracia lo atiborra con sus disposiciones y reglamentos, lo castra, le coarta. Como vemos, esto es una pugna entre los libres, es decir, lo que están al margen del poder del Estado, y los que habitan en él, siendo que la figura del presidente de la república no es otra que la del guardián de los intereses del segundo sobre lo primero; el supuesto indiscutible apogtema aristotélico, el todo antes que la parte. Y su puesto por cuanto el Estado no es el todo, y si de partes se trata mucho menos, pues su presencia entre lo que vienen a ser y significar los individuos es espuria.

Una sociedad, como lo es la peruana, no es tal por que exista o no exista Estado. Lo es porqué preexiste, por que está ahí. De este modo, cuando indicamos que la asunción del Toledo no afecta en nada la entraña vulpina del Estado no es un arranque bilioso ni mucho menos. Fujimori y sus secuaces, o Fujimori, Montesinos y sus secuaces, o en el orden que mejor les plazca, pudo ejercer el latrocinio y rapiña que efectuó en virtud a la existencia de una "institucionalidad" que se halla incrustada en nuestro esquema político, un esquema que hace caso omiso a las gentes fuera de su orbe, y que sólo tiene ojos y sentidos cuando de su corpus se trata. Eso es lo que hay que extirpar. Esa debe de ser la dirección que debemos, siempre al margen del poder, debemos de exigir a quienes fungen de directores y administradores de nuestras vidas y existencias. No hay otro modo de "racionalizar" ese ogro llamado Estado que funge de blanca paloma pero que no es más que el hipogrifo que, en cada aleteó, destroza lo mejor que produce nuestra sociedad, y es que, no caben dudas, Estado y Sociedad, son antagónicos.

 

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