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Paul Laurent Solís

 

SOBRE NUESTRA UNIVERSIDAD Y LA INTELLIGENTSIA
por Paul Laurent

Las universidades, junto con las ciudades, son el fruto espontáneo de lo que los seres humanos instauran para su mejor existencia. Ambas están lejos, a pesar de sendos y lamentables ejemplos, de ser obra deliberada del poder político. También podríamos incluir en este rubro a los castillos medioevales; ellos, como decía Ortega y Gasset, no fueron, como los fortines de nuestra América, apéndices del absolutismo, sino todo lo contrario, nunca dejaron de ser sus fieros adversarios. Es por ello que hay entre los de la vieja Europa y los de nuestras tierras unas diferencias que van más allá de la estética y de la arquitectura. Y es que estos pétreos reductos, como las altas casas de estudio y las urbes, preexistieron al Estado. He ahí su encanto y gracia. Tal es el pathos que expelen. Pero, ¿a qué viene todo esto? ¿Qué tienen que ver esto con la intelligentsia y la universidad? Simple, estos complejos entramados, en su esencia, brotaron de la demanda de los privados. Claro, en unos estaban reflejados los más caros ideales de la especie mientras que en lo otro regíanse por lo inmediato, mas no por ello hubo prelación en la importancia a pesar que unos perduran hasta hoy así como otros han tenido que sucumbir. Lo aleccionador aquí es que estamos ante instituciones que vieron la luz a partir exigencias legítimas y reales, y no por dádiva, capricho o privilegio.

Estos factores fueron los que le facilitaron a Occidente el mejor aprovechamiento de lo humano. En la raíz de su génesis la civitas respondió a una demanda por dejar la lejanía y el extrañamiento entre grupos humanos, familias y personas; y lo coloco en este orden ya que gracias a la instauración de las ciudades y su influjo mercantil, tan denostado por la Iglesia y el Feudalismo, los particulares fueron constituyéndose en el factor primero de la civilización. El cambio, para específicos sectores, debió significar un cataclismo. Consideremos que la mítica Babilonia era mal vista y despreciada pero ser, por sobre todo, una ciudad, aquél antro de perdición, la degeneración misma, donde todo se confunde, y es que el ser iguales, en la antigüedad, era una nefanda ofensa, y ello era lo que hacía esta gran plaza de comerciantes y traficantes. Lo que parían las urbes era, a los ojos de los conservadores que se resistían dejar esa vida apacible y predecible, y por ende manejable y dominable, esa especie de ser altamente procaz: el individuo. He aquí el dolor de cabeza. Esta especie de sujeto, con su sola presencia -el ufanarse de no llevar nada a cuestas, acaso sólo bagatelas-, estropeaba la atmósfera bucólica y pastoril.

Así pues, en el fragor del advenimiento de este quídam es cuando comienza a clamarse por centros de enseñanza que den rienda suelta y que solacen a su vez a las mentes curiosas y ávidas de saber. Es imposible conceptualizar algo parecido a una universidad en un ambiente hostil al individuo. Si ello hubiese sido así los conventos y monasterios serían hoy los exclusivos referentes de la verdad, teniendo, como único texto, como el Corán en el Islam, la mismísima Biblia. Pero, a pesar de sus cimientos férreamente teológicos, Europa, con gran esfuerzo, ha podido separar estos ámbitos, aunque haya caído en otros, pero sin alejarse del rumbo inaugurado por aquellos iniciales seres que juzgaron oportuno juntar su ciencia y sus ganas de aprender para dar vida a la moderna academia.

Mas en las novedosas Indias aconteció radicalmente lo opuesto al viejo continente. Sus universidades, como las de Lima y México (ambas de 1551), no nacieron en virtud de los pedidos de una casta anhelante y predispuesta a discutirlo todo, como siglos atrás (en el XII) hizo Pedro Abelardo en La Sorbona, sino que, y no podía ser de otra forma, bajo las sombras del Estado, regido, en esos días, nada más y nada menos, por el paladín del absolutismo y amo de la mitad del mundo, el emperador Carlos V. Así, nuestras casas de estudios superiores manaron de un trajín burocrático. Tengamos en cuanta que estamos en la época cuando se afianza la ruptura entre religión y política. El siglo XVI es el auge del poder organizado y secular. El Estado impera por sobre las gentes, tanto en su materialidad como en su espiritualidad, y es que la religión pasa a ser, como antaño lo fue a la inversa, el instrumento de coalicionador (sujeción). Por esta razón es que aquí fueron los clérigos, junto con los conquistadores-encomenderos y los peruleros, quienes solicitaron a la corona, vía el respectivo expediente, la licencia para fundar una universidad, la que, a la postre, adjetivaríase como Real y Pontificia. Este hecho, sin ninguna duda, para una clasicista hondamente europeo debe de resultarle por demás sui géneris. En esta medida se terminó erigiendo un solar para ser empleado, en lo que a su producto se refiere, en el abastecedor de funcionarios, la gran fábrica de "talentos".

Con el arribo de la independencia ello no tuvo por qué ser diferente. Aquella academia que antes le brindaba sus adiestrados pupilos al Virreinato y a la Iglesia, magnos instrumentos de la Metrópoli, ahora lo hacía en provecho de la República. Para ella pasaron a ser sus eruditos y doctores. En su honor interpretaron aquellas añejas certezas que antes lo hicieron con los godos y chapetones. Al fin de cuentas, a estos profesionales se les había preparado, sin ofensas, para retroalimentar al status quo. La intelligentsia debía ser buscada por otra parte. Se podía disentir en todo, menos en algo: que lo político prepondera, que todo se remite a él, inclusive la más irrefutable verdad. No interesa lo que el muchacho piense, ello es secundario frente a las exigencias del Estado, su dueño, el propietario de la educación, el adoctrinador oficial. Aunque claro, cuando se quiere ser directo ofende: quizá por ello del fracaso de una facultad directamente encargada de proporcionar burócratas, me refiero a la efímera Facultad de Ciencias Políticas y Administrativas de San Marcos.

Mostrado desde esta perspectiva el devenir de nuestras universidades, es radicalmente notorio los orígenes dispares que envuelven a estos altos centros académicos en el nuevo y en el viejo mundo. Así como Oriente no ha llegado a conocer un quiebre entre religión y política, esta media estación que es la Latinoamérica, no tienen ni el más vago recuerdo de lo que se puede lograr fuera del Laviathan, y es que cuando el conquista aconteció esta ofensiva institución iniciaba su auge y despegue. Acaso por todo ello y más el fluir de las mentes más capaces, que son siempre marginales, lo sean, aquí, hondamente más extremas. Es quizá por esta misma causa que para un verídico intelectual, cuestionador nato y escéptico contumaz, no haya mejor remedio a su natural autismo que el aislamiento, ese jugar al distraído, el que no quiere nada o el que opta por embarcarse hacia parajes más propicios, con el tormento a cuestas de que, muy probablemente, nunca habrá de volver.

 

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