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Paul Laurent Solís

 

ABROGUEMOS EL VOTO OBLIGATORIO

A Mario Vargas Llosa el Perú le debe mucho, no sólo con relación a su obra narrativa, sino también en lo que atañe a la difusión de las ideas de la libertad. Negar su aporte el respecto es imposible. Pero, durante su última estadía en el país, en una de las tantas entrevistas televisivas que se le hizo, dijo algo que desde el punto de vista liberal es absolutamente inconcebible. Indicó, ante la pregunta de que si se debía ir de una vez hacia el voto libre, que ello, a su entender, era irrelevante.

Se podrá argüir como defensa muchas cosas. De hecho, quizá una de las más "contundentes razones" habrá de ser de que "en el contexto de la entrevista" o "por las particulares circunstancias en las que vive la nación". Empero ninguna justificación es válida contra esta negación a la libertad humana. O se cree en los derechos o no se cree. No hay término medio. Bien sabemos que hasta nuestra nefasta tradición de documentos dizque constitucionales arremete contra este precepto. Incluso la propia opinión pública hace caso omiso a lo que significa poseer, ser dueño y portador de derechos. Pero que un defensor del liberalismo, como Vargas Llosa, espete tremendo exabrupto alarma sobremanera. Espanta. Aterra.

Era lo que nos faltaba, que el más notorio y expuesto defensor de la libertad se olvidase que la misma es indesarmable. Que no se le puede suspender bajo pretextos extraños a su lógica. O se le asume a plenitud o se le vulnera y agrede. Craso error. El que abona en perjuicio de las consideraciones que hicieron que el hombre se hiciere acreedor a esta facultad. Sucedánea de la demanda por fundar nuestra existencia sin necesidad de avasallar libertades de terceros.

Durante siglos los hombres lucharon, dando incluso su vida, para poder tener la capacidad de decidir quién los iba a gobernar, no como una muestra de que inexorablemente requerimos de un patrón que nos arree como bestias, sino como una reacción frente a una situación fáctica. El vigor que guardaba el argumento en pro del derecho al voto estaba en que ponían en discusión la noción regalista del Derecho Divino de los Reyes. Con ello se ponía en tela de juicio la cualidad célica del entonces Soberano. Visto así, el derecho a elegir irrumpía como una equiparación en la brega por la igualdad jurídica y como una manera de señalarle al detentador del poder que no había carta libre para proceder desde el Estado, sino que ahora tenía que tener muy presente, en cada uno de sus procederes, que si es que se conserva en la férula es por que se le ha brindado una gracia. La figura variaba: Ya no era el Rey el que ataviaba con privilegios a unos pocos en desmedro de muchos, sino que estos últimos eran los que lo investían a él y a su séquito.

En realidad, detrás de esta concepción lúdica teníamos la afloración de unas exigencias libertarias hasta entonces inéditas. El reclamo por participar de lo público por parte de los hasta ese momento excluidos vino a ser una alteración sustancial en lo que era el antiguo régimen. Fue una sinceración de las cosas. Se derribó, poco a poco, el edificio cortesano y principesco de unos sujetos que a lo largo del tiempo habían ido acostumbrando a los miembros de la sociedad a pensar de que no eran más que súbditos, seres siempre a la mano, dispuestos a sus caprichosos y omnipotencias. Entendido así, queda claro que quienes propugnan el voto obligatorio anhelan consagrar este estado de anomia axiológica que ha ido carcomiendo las ya febles bases de una convivencia formada bajo parámetros absolutamente opuestos a los que en puridad conciernen al de un mundo libre y abierto. Señalar que este derecho de decidir quién habrá de ser el gobernante es baladí, como equivocadamente lo ha hecho Vargas Llosa, alimenta los barbarismos. Si esto es poca cosa entonces qué es lo importante. Sobre todo, quién o quiénes son los que decidirán ello.

La política, en sí, es un campo donde los intereses de unos pugnan por desplazar y colocarse por sobre los intereses de otros. Ello acontece desde los primeros homínidos. Ese afán por dominar más allá de la persuasión y de la voluntad. La consagración de la "ciencia del músculo" ya que aquí la inteligencia y la razón es lo de menos.

El arte de amainar los efectos malsanos de esas muy humanas pretensiones es lo que activa las nociones de civilidad. De la calidad de las reflexiones que se den para esto habrá de instaurarse la correspondiente empatía con aquellos valores que hacen prósperas a las naciones, no en virtud a materialidad alguna, sino en virtud de la mera autonomía y amplitud de acción de sus gentes. Esto último es lo que hace a lo otro. En ese sentido, cada vez que leemos u oímos infelices expresiones como las anotadas se marchan contra la esencia de este principio, lo que termina desembocando, consciente o incosncientemente, en la innegable opresión, de esas autocracias que detestan al individuo, ese que, política y jurídicamente, sólo se debe así mismo y a nadie más, el fundador de su propia humanidad y orden.

 

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