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El tesoro inca de Yale
Siempre he pensado que el amor a la tierra y a su pasado es uno de esos amores harto sospechosos. Sospechosos y enfermizos, como los de esos que se desgarran de dolor por masacres y violencias ocurridas medio milenio atrás. Y más torturantes aún cuando en aras de esos folklóricos delirios hay quienes azuzan pleitos y extorsiones con el exclusivo afán de humillar a un supuesto infractor.
Eso es lo que puntualmente hace Mirko Lauer en su columna del último 22 de septiembre en el diario La República. Con una mentalidad abiertamente maquiavélica desliza una serie de razones por las cuales el Estado peruano debería de presionar a la Universidad de Yale para que devuelva los tesoros arqueológicos que Hiram Bingham puso en sus manos luego de su excursión por Machu Picchu en 1911. Claro, el anhelo de Lauer es dar a entender que los de Yale (y con ella los norteamericanos) son unos miserables expoliadores que nos impiden disfrutar de las destrezas artísticas de ¿nuestros antepasados? (Lauer es tan “autóctono” como yo; por lo menos yo soy chalaco, si es que eso me hace “más peruano” que un checo de Zatec).
Pero lo que no dice Lauer es que durante casi un siglo al Perú le importó muy poco el tema del tesoro no necesariamente perdido de los incas; todo lo contrario, estaba muy bien guardado y cuidado. Es más, ese tufillo a “robo” por parte de Bingham y sus secuaces (la National Geographic Society y Yale) es completamente absurdo porque el traslado de las piezas arqueológicas contó con la aprobación de las autoridades peruanas de la época. Esas mismas autoridades que rápida e irresponsablemente se olvidaron del asunto, soslayando que el simple transcurso del tiempo acarrea consecuencias jurídicas. Obvio, consecuencias jurídicas que iban en directo perjuicio del Perú.
El hecho que recién hace unos pocos años las autoridades nacionales se hayan mostrado interesadas por volver a tener sus “amadas” joyas incaicas no tiene por qué convertir al directo beneficiado por la dejadez y desidia criolla en un soberano bribón. Todo lo contrario, hay que agradecerle a esa prestigiosa universidad, a la Nacional Geographic Society y al profesor Bingham el que Machu Picchu sea hoy por hoy el mayor polo de atracción turística que tenemos. Sin su aporte mediático las emblemáticas ruinas continuarían bajo el selvático verdor y la maleza del valle del Urubamba.
Así pues, quienes llevan a cuestas ojerizas y rencores fabricados de ex profeso no advierten que la propiedad privada también es dable en el campo de la arqueología. La posibilidad de un enriquecimiento que no tiene por qué ser vedado por el Estado. Sino que lo digan los antiguos propietarios de Machu Picchu, los que nunca disfrutaron de lo auténticamente suyo. Pero que también lo digan los que se ven en la necesidad de moverse por
las sombras y lo delincuencial cuando muy bien pudieran moverse por la luz de la legalidad: los huaqueros.
Curioso, la Universidad de Yale ha declarado más de una vez que está dispuesta a devolverle al Perú un tesoro que la apatía y el desgano de los burócratas nacionales hizo que se perdiera. Ello es un estupendo síntoma. Empero Lauer juzga que el mejor remedio es el litigio, la mejor manera de que aquellos valores demoren en volver o que quizá nunca vuelvan. Y todo ello muy a pesar de que los injustamente catalogados de “ladrones” buscan repatriar lo que durante décadas cuidaron como suyo.
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