¿Qué tan modernas y jurídicas son las bases del moderno constitucionalismo? ¿Realmente lo son? ¿Es verdad que hace dos siglos los jactanciosos occidentales rompimos con los soportes teológicos y político absolutistas que nos impedían explotar nuestras tan cantadas libertades? La tesis que se sostiene en este libro denuncia un “no” rotundo. El autor acusa que la explosiva mezcla de política y religión aún que subyace en cada hebra de nuestra pretendida institucionalidad republicana. No en vano la modernidad (siglo XVI) asomó junto a la violencia de fanáticos y déspotas. Desde esta óptica, el auge de lo político nunca significó ni la más mediana nulidad de lo religioso. Siempre fueron comparsas, y ambas, al unísono, siempre fueron la negación del derecho. Así, pues, este trabajo trata del cómo estos factores, lo religioso y lo político, han terminado inoculándose en aquello que hoy catalogamos como Derecho Constitucional, una “ciencia” que reivindica soberanas autonomías personales pero que a la vez lleva en su seno convicciones innegablemente antiliberales. Lamentablemente las voces que advierten de esto suelen ser foráneas a lo jurídico. Ello no debería de extrañar, pues hace mucho que este saber se ha apartado del campo de las letras y de las humanidades. El positivismo, la sumisión a la norma y a lo que los gobernantes expectoren, ha causado este infortunio. Un infortunio que, en lo que respecta a América Latina, ha hecho costra. Puntualmente, he ahí el origen de una legalidad contrahecha. |
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