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¿Y por qué no baja los impuestos Sr. García?
Walter Puelles
El presidente ha pedido a los empresarios en la CADE de Trujillo que aumenten los sueldos, pero mejor sería que él baje los impuestos. Claro, esto siempre y cuando quiera verdaderamente mejorar el bienestar de los trabajadores, ya que mientras el Estado coma menos, más dinero quedará en los bolsillos de las familias. Y eso es lo que finalmente importa. Lo que finalmente importa no es el aumento nominal del sueldo, sino la mejora de la capacidad adquisitiva. Una disminución del IGV, por ejemplo, reduciría los precios e incrementaría la capacidad de compra de las familias. Lo mismo ocurriría si se eliminase unilateralmente los impuestos al comercio exterior (aranceles) sin necesidad de esperar acuerdos comerciales.
Los sueldos no aumentan porque los empresarios son buenos, ni bajan porque son malos. Esto no tiene nada que ver con la caridad, la buena voluntad o cosa parecida. El salario no es una limosna. No es así como funciona la economía, y usted lo sabe bien Sr. García. ¿O acaso aprendió la lección parcialmente? Los ingresos reflejan el aporte de los productores a la sociedad, reflejan cuán valioso puede ser su producto en la vida de las personas a quienes atienden. Y los productores pueden ser grandes organizaciones empresariales, comerciantes independientes o asalariados. Es por ello que un ingeniero puede ganar más que un albañil, un taxista más que un zapatero y un europeo más que un peruano. Puede, pero tampoco es una regla general, pues el valor no es objetivo.
Impuestos y servicios estatales
Lo que sí no depende de la valoración de las personas son los impuestos. Los impuestos son el pago que el Estado cobra por sus servicios. Y aquí si hay un problema. Se estima que una persona que tributa trabaja más de tres meses para pagar únicamente los servicios del Estado, quien a cambio no devuelve servicios capaces de mejorar la vida de sus “clientes”. Si es por la educación pública, ésta ha dejado hace tiempo de ser un vehículo eficaz para superar la pobreza; la salud pública es un desastre, y la seguridad y la justicia también. Y si actualmente el problema de los burócratas es que no saben cómo gastar tanto dinero confiscado, lo mejor sería que devuelvan ese dinero a sus propietarios. Ellos sabrán qué hacer con él.
La economía mejora cuando hay más bienes, y para que ello ocurra es imprescindible que las barreras a la acción emprendedora se eliminen. Y la principal barrera que los creadores enfrentan son los altos impuestos. No es posible que más de la tercera parte del precio de un bien esté compuesta por impuestos. Un IGV de 19%, aranceles a los bienes de consumo mayores al 10% (leche evaporada 17%, frutas 17%, etc.) y selectivos que encarecen servicios básicos, como el transporte, hacen que la vida de las familias sea muy costosa. Es demasiado caro vivir en el Perú y por ello la gente emigra. Los servicios más caros, Sr. García, no son los que cobran Telefónica o Luz del Sur, los servicios más caros y defectuosos son lo que brinda el Estado. Resuelva ese problema, abarátelos. Si la capacidad adquisitiva en el Perú es chata es por los altos impuestos.
Libre comercio y mejora del consumo
Es por todo esto que el mayor beneficio que el TLC con EE.UU. brindará al eliminarse los aranceles no será precisamente el crecimiento de las exportaciones, sino el de las importaciones y el consumo. Y esto es así por el simple hecho de que lo que uno entrega (exportaciones) es el costo, y lo que recibe a cambio (importaciones) es el beneficio. Uno entrega lo que le vale menos y recibe a cambio lo que valora más. La moneda extranjera no tuviera localmente valor alguno si no se permitiese importar, por tanto, es a todas luces todo un mito la monserga que promueve una “balanza comercial positiva” (exportaciones mayores que las importaciones), pues el libre comercio estimula la creación de bienes y el consumo de un mayor número de bienes sin necesidad de atormentarse con ese tipo de disquisiciones.
Uno siempre quiere recibir la mayor cantidad de bienes por lo que vende, y si los impuestos limitan la cantidad de bienes a recibir, enfrentamos la penosa realidad de que quienes frenan la capacidad de gasto de las familias es precisamente ese Estado que supuestamente existe para salvaguardar los intereses de las mayorías. Una pregunta importante en medio de todo esto es saber en qué momento los gobiernos se arrogaron el derecho de decidir la forma de cómo los individuos debían comerciar y si deben seguir arrogándose a través de tratados comerciales el poder de decidir cuándo, dónde y cómo deben los individuos de dos países intercambiar. Y es que el individuo no es un súbdito, por tanto, su libertad de comerciar no debe estar sujeta a mayor tratado que el constitucional.
Beneficio empresarial y disfrute
Cuando García se dirige a los empresarios para que estos aumenten los salarios hace ver a éstos como verdaderos devoradores de valor, como personas capaces de gastar todo lo ganado en un año de la misma forma como un empleado gasta su salario en las noches de Navidad y Año Nuevo. Pero esto no es así, pues el valor generado se convierte nuevamente en un medio para conseguir nuevos fines, para crear nuevos valores. A decir de los marxistas, es la acumulación lo que buscan los capitalistas, pero es también la acumulación lo que asegura crecimiento económico y la prosperidad. Es por ello que la relación entre capital y trabajo es bastante baja en los países pobres.
Los accionistas sólo tendrán la posibilidad, en el mejor de los casos, de consumir una muy pequeña parte del valor generado; digamos, Dionisio Romero comprara a fin de año un Ferrari, una casa con piscina en Miami y otra casa de campo en Perú. Los hijos y la mujer harán algo similar. Y en todo esto sólo habrán consumido una muy pequeña parte de lo generado. La gran parte de lo ganado se invertirá en sus propias empresas o en nuevos proyectos, pero se invertirá, y esto a quien beneficia es a la sociedad en su conjunto. Los emprendedores morirán habiendo consumido una muy pequeña parte de los generado, pero a su paso habrán permitido transformar la vida de millones de seres humanos que hoy en días disfrutan de las más grandes creaciones humanas. Es así como se redistribuye la riqueza.
Lo interesante acá es que en los últimos años los fondos de pensiones pertenecientes a la “gran masa trabajadora” de las que nos hablaba Marx, los “descamisados” de Evita Perón, son hoy en gran medida propietarias de las acciones y de las utilidades de estas empresas, y por lo tanto, son ellas las abanderados de este boom. Y podrían ser más afortunadas si lo políticos quisieran, ya que al reducir los impuestos el valor de las empresas aumentaría significativamente, debido al fuerte impacto que estos tienen en los flujos netos. No es lo mismo el valor presente de una empresa con un impuesto a la renta de 35%, que el mismo valor presente de la empresa con un impuesto a la renta de 10% ¿Quién es pues el mayor destructor de valor Sr. García? La respuesta es obvia.
EL derecho a GANAR SIN COMPARTIR
Uno de los grandes triunfos de las teorías marxistas es haber creado una inmerecida desconfianza sobre todo aquello que signifique “ganancias”. La expresiones del presidente García no hacen más que corroborar esto “¡Allí está todo lo que roban!”, diría alguien sobre las utilidades de Telefónica; “¡a costa de dañar el medio ambiente!”, diría otro sobre las utilidades de Yanacocha; o “¡ceden parte o lo pierden todo¡”, lo dijo el susodicho presidente; “¡campesino, el patrón no comerá más de tu pobreza¡”, lo dijo otro no menos controvertido personaje, el dictador Velasco.
Poco se habla pues del derecho a quedarse y disfrutar íntegramente del valor que uno genera. Y se habla poco porque se ignora mucho. Y es que hasta ahora gran parte de los emprendedores, de los responsables del valor en nuestro país siguen pensando, por ejemplo, que el Estado es una especie de socio y que la utilidad pertenece también al asalariado. Nada más falso. El Estado sólo debe cobrar por sus servicios independientemente de que las empresas ganen o pierdan, y la utilidad neta descontando el pago de servicios (incluyendo el servicio de los asalariados), son propiedad de quien descubrió el valor. Y esto es tan así que cuando hay pérdidas lo que se afecta es el patrimonio del propietario, no el del asalariado.
Y si esto es así, cualquier acto en dirección opuesta es una abierta expropiación. Es una abierta expropiación el impuesto a la renta que obliga a los accionistas a compartir lo creado con el Estado. Es una abierta expropiación la participación que los empleados tienen por ley en las utilidades de las empresa de más de 25 trabajadores (¿Y porque no en las de menos de 25?). La utilidad es un descubrimiento que pertenece únicamente a quien lo descubre, pensar diferente es violatorio. El que descubre no usa la fuerza, el que distribuye sí la necesita.
Por ello los impuestos deben ser neutros, independientemente de los resultados y los fines que persiguen los emprendedores. Independientemente de los resultados porque quien pierde plata también consume servicios estatales y debe pagar por ellos; e independientemente de los fines porque no es función del Estado imponer una escala de valores a las personas, sino más bien proteger los mismos. |